Hacen falta estrategas, no héroes


La agenda político-mediática vivió una semana agitada. Como hacía mucho tiempo no sucedía, los periodistas de los medios más importantes debieron defenderse ante los embates expresados en la marcha a favor de la Ley de Medios, fundamentalmente los afiches que contenían los rostros de algunos de los referentes más conocidos como Santo Biasatti, Nelson Castro o Ernesto Tenembaum, entre otros. Tirada la primera piedra, se produjo un lógico descontrol de opiniones. Desde los que le imprimen un sello fascista al Gobierno, hasta los que ratifican y avalan estas conductas ofensivas. Con escasos matices de grises, la cordura dijo una vez más ausente.

Si se llegase a confirmar que estas agresiones anónimas formen parte de una línea oficialista, sin dudas que estaríamos hablando de un claro error estratégico y conceptual. Una doble arma errónea que desvirtúa las buenas intenciones de conseguir una Ley que desmonopolice la propiedad de los medios de comunicación. ¿Qué persona mínimamente sensata y democrática puede argumentar y fundamentar este tipo de actitud contra empleados de empresas? Nadie. En todo caso, a lo que debe apuntalarse es a ganar la batalla simbólica, o bien, la batalla judicial frente a los verdaderos dueños de la torta.

Lo que pasó en la manifestación, entonces, fue bochornoso, presa con toda seguridad de las torpezas que comete en reiteradas ocasiones quienes defienden a rajatabla las posturas del Gobierno. Peor: terminan victimizando a los periodistas supuestamente manejados por Ernestina Herrera de Noble. Ahora, uno se pregunta con seriedad: a esta altura de su vida ¿Necesita un Morales Solá que le digan como tienen que pensar y escribir? ¿Ernesto Tenembaum es progre si critica a Menem y un gorila recalcitrante cuando lo hace con Kirchner? Lo mismo vale para Nelson Castro, con el que se puede disentir en varias apreciaciones o análisis, pero que desde el punto de vista de la ética y de la formación periodística es inobjetable.

Por eso digo, se distorsiona la pelea profunda, se la banaliza y se la vuelve peligrosa, porque cada vez más gente se asusta. ¿Cual es la línea que divide esta defensa de la nueva Ley democrática, con la de la persecución permanente a ciertos periodistas? Esa barrera, a veces, se hace borrosa. Lo genuino y espontáneo se nubla con la violencia y los insultos (como lo padeció Fernando Bravo, empleado de Radio Continental). Y encima no colabora, por otra parte, a sumar adeptos; al contrario, como manifesté anteriormente, los espanta y desilusiona.

Los grandes medios se sirvieron una vez más de las impericias tácticas de sus opositores. Largas columnas escritas sobre porque es importante tener una prensa libre e independiente. Interminables reflexiones que incluían ejemplos malignos como la censura y la burocracia de los nazis y Stalin. Comparaciones inmediatas con el cierre de radios por parte de Chávez y su modelo estatista y populista.

Que inútiles e infantiles pueden ser los hombres cuando se compenetran y ciegan por un conflicto. Alimentan a su enemigo, le sirven excusas para encubrirse, los acaban cobijando.

Así, el panorama de la libertad quedó en manos de las empresas privadas. Un traspié más y van…


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